Un film brasilero, uno francés y dos estrenos argentinos

Esta semana, las recomendaciones cinematográficas de Maxi Curcio nos llevan a recorrer el mundo.


El crítico cinematográfico, productor audiovisual, escritor y docente llevó a Tarde Neurótica 4 películas estrenadas recientemente para comentar y recomendar. Bacurau (único film latinoamericano en participar del Festival de Cannes del 2019), Retrato de una mujer en llamas (película de Céline Sciamma premiada en Cannes). Y dos estrenos del cine nacional: Lo habrás imaginado y La creciente.

Bacurau – Filmin

trata de la única cinta latinoamericana de la competencia 2019 del Festival de Cannes. “Bacurau” es la historia ficticia que pone de relieve las tensiones de regiones existentes en un país inmenso, graficando el sentimiento de resistencia que suele ocurrir entre sectores sociales escindidos. Aspecto que nos lleva a pensar en aquella gloriosa época del cine brasileño, como fuera el Cinema Novo. Corriente surgida de la búsqueda de un lenguaje cinematográfico propio, capaz de reflejar los fuertes problemas sociales y humanos que el país sufría. En la búsqueda por afirmar un cine verdaderamente nacional y popular, en el Cinema Novo la realidad surgía de la crítica, bajo la forma de alegorías. Este es el tema esencial que rescata un film como “Bacurau”, dirigido por Kleber Mendonca Filho (el mismo de la magnífica “Acquarius”) y protagonizada por la inmensa Sonia Braga.

En un futuro cercano, los habitantes se dan cuenta de que el pueblo está siendo borrado del mapa y empiezan a llegar desconocidos a la región. Pronto, los drones sobrevuelan el paraje. Es el anuncio de que algo siniestro está por ocurrir. Esta alegoría traza un tema clave que atravesó durante décadas la formación social del país: las posiciones de poder creadas artificialmente. Y nos habla de dicotomías: El noreste, aislado del resto del país, versus el sudeste, que ostenta una posición de poder. Lo cual nos lleva, nuevamente, hacia aquel prodigioso Cinema Novo. Estas historias suelen referirse de alguna manera a la situación general del país y mostraban una visión desmoralizante y pesimista del pueblo, un pretendido cosmopolitismo, que graficaba el desprecio por la realidad en la que se vivía; se trataba de un cine simpático a la política imperialista.

Por aquel entonces existía un distanciamiento entre pueblo y cultura al momento de pensar la construcción de un cine nacional. Y Glauber Rocha (autor del manifiesto “La Estética del Hambre”) decía que durante muchos años el cine brasilero vivió en una condición de marginalismo intelectual, en el sentido de ser un cine desvinculado de la cultura brasilera. Culturalmente, esa división nos habla de cierta idiosincrasia que distingue formas de comportarse y hablar, también de la imposición del poder económico. “Bacurau” nos retrata el país donde el habitante de una sociedad, que valorizó su propia historia y cultura, tienen esa visión ensimismada (un mundo interior aislado de toda conexión con el afuera) que lucha por sobrevivir, al tiempo que visibiliza la resistencia. Este potente drama político nos lleva a trazar un paralelismo con el cine social que visibilizara, durante comienzos del nuevo milenio, films como “Ciudad de Dios” o “Carandirú”. En épocas de grandes cambios y revoluciones el Cinema Novo fue la piedra angular de un movimiento estético, social y político que cambiaría el rumbo cinematográfico de su país, quien por entonces se disputaba el trono de potencia latinoamericana junto a México y Argentina.

La identificación hasta el punto de la estigmatización, generó una imagen de Brasil proyectada al mundo y fuertemente anclada en la miseria y la violencia. El cine, como manifestación popular de referencia, no podía obviar ser el canal de estas preocupaciones y reflejar la gravedad de estos problemas. “Bacurau” rescata estos valores, sintetizándolos en la coyuntura socio-política actual. Si por décadas la imagen de Brasil fue el colorido samba y el fútbol del jogo bonito y el carnaval, este subgénero de films amenaza con convertir a la pobreza en un factor exótico para la mirada extranjera. Producciones incluidas dentro de la llamada “cosmética del hambre” (la estética de la miseria), las ganancias que éstos producen atraen el interés del público, conformando un singular entramado social que concibe el acontecimiento industrial para generar conciencia exhibiendo el resquebrajado tejido social del país carioca.

Retrato de una mujer en llamas – Filmin

En Francia, a fines del siglo XVIII, una pintora llega con el encargo de realizar un retrato de bodas de una joven próxima a casarse para cumplir con el designio de su madre. El vínculo que establecen la muchacha (quien acaba de abandonar un convento) y la retratista acrecentará las dudas que la primera posee sobre su futuro matrimonio, al tiempo que despertará sentimientos entre ambas. Esta poderosa premisa argumental, encierra en su sencillez una profunda indagación de caracteres. “Retrato de una Mujer en Llamas” es un elogio al cortejo, a la mirada y al misterio que encierra todo acto creativo, en donde pintor y retratado se ven como protagonistas de un amor cronológico contado con las herramientas que proporciona el cine.

El diálogo creativo es puesto en escena por la potente voz autoral de Céline Sciamma: quién observa y quién es observado nos devuelve la imagen espejada de una mujer mirándose en la otra, un acto que exige reciprocidad. Esta correspondencia entre las partes nos habla, a las claras, de un vínculo amoroso como forma de abordaje a la obra. El artista se coloca máscaras y no persigue reglas, por el contrario, explora el lenguaje y sus perspectivas. ¿Qué sucede cuando los sentimientos entran en juego excediendo el lienzo, como aquí? El acto amoroso, claramente, cobra otra magnitud. La directora de “Tomboy” y “Girlhood” nos convida con el enésimo paralelismo que traman cine y pintura. Los trazos sobre el lienzo que van conformando un retrato se convierten en instrumento para un relato austero que abreva en los simbolismos existentes entre arte y relaciones afectivas. El amor como acto para saber aquello de lo que se es capaz. El elogio del amor en su rango poético y también una reivindicación a las mujeres pintoras de la época, relegadas o ignoradas en su tiempo, como tantas veces el cine ha abordado. El artista encierra misterios insondables en su condición y en su camino persiste, buscando aquello que no aún encontró y denodadamente persigue. También de eso se tratan vínculos humanos.

Comprendiendo al arte como una forma de manifestarse, innata a todo ser humano, entendiéndolo como un dispositivo, a través del cual, el ser creativo encuentra un instrumento para expresar su mirada del mundo, aquí el impulso creativo nos lleva a trazar un enésimo paralelismo: el proceso creativo arroja al artista hacia un estado particular, convirtiéndolo en un definitivo integrante de otra dimensión espacio-temporal. El acto de pintar es irracional, inconsciente e ingobernable, y ese horizonte creativo se convierte en pulsión de vida. Hipnótica y sutil, “Retrato de una mujer en llamas” expone un dolor físico como metáfora del acto creativo. Ese que también desafía mandatos de época, con consecuencias emocionales devastadoras. La realizadora francesa conquista con esta meritoria película a la crítica especializada, obteniendo el Gran Premio de Cannes.

Lo habrás imaginado – CineAR

El peligro se presenta en la vida de Abril (Diana Lamas), cuando reaparecen su tío Ángel (Mario Pasik) y su gran amigo de la adolescencia Guille (Carlos Portaluppi). Ambas apariciones esconden estrecha relación con una investigación judicial acerca de oscuros secretos de la familia de Abril, que deberá entonces encontrarse con la inevitable trama política que esconden sus vínculos. Una batalla entre la justicia y el poder demostrará que la trata de niños es un poderoso negocio internacional con demasiados cómplices y poco culpables. El cine negro se nutre de la literatura noir, reformulando aquí las bases de un género ultra transitado, con mayor o menor suerte dentro de nuestro terreno nacional. Este policial, un tanto esquemático a la hora de caracterizar a situaciones y personajes que abundan en lugares comunes genéricos, nos muestra a la directora Victoria Chaya Miranda desenvolviéndose hábilmente a la hora de manejar los hilos de tensión. El relato pretende mostrarnos que es aquello que sucede bajo los estamentos de la justicia, acaso la oscuridad en donde se desarrolla se corresponde con los sombríos espacios en donde transcurre el mismo, en permanente puesta en evidencia de una realidad que vive en el silencio -como en tantos estamentos de nuestras instituciones-, dejando librada a la imaginación parte de esta verdad acallada. Qué se imagina de aquello que no se verbaliza acerca del abuso infantil quedará a juicio del espectador. Aún con previsibilidad, la eterna búsqueda de justicia colocará en el centro de la historia a personajes que se mueve al margen de la ley, enfermizos y atestados de corrupción. La construcción de personajes a través del dialogo y la acción apela a un elenco de notables intérpretes para denunciar los ojos ciegos de la justicia, y también del ámbito familiar. Un cine de denuncia que expone aristas del poder que ocultan bajo impune accionar, perpetrando la corrupción que avala sus prácticas.

La Creciente – CineAR

Matías, un joven marginal, llega escapando a unas islas del río Paraná. En un ambiente ajeno, incómodo, intenta rearmar su vida, pero las tensiones que se generan con su llegada lo devuelven hacia su pasado delictivo y a tener que enfrentar una vez más la idea de huir para sobrevivir. La supervivencia a condiciones y situaciones extremas en este lugar tan distante de convertirse en un refugio será el punto de partida del film dirigido por Franco González y Demián Santander. El paisaje cultural del río Paraná se convierte en el protagonista de una historia en donde la tensión y la crudeza se reflejan el estado salvaje. El manto de belleza natural que alberga al relato, desde la mirada externa del espectador, oculta los conflictos sociales de unos seres marginales que lo habitan y se vincula de forma agresiva. Lejos de toda mirada romántica, este drama de iconografía rural, inspirado en la música y la literatura litoraleña, prefigura un microcosmos hostil y violento. Valiéndose de una fotografía que se apoya en luz natural, “La Creciente” persigue un estilo documental de cámara en mano, independiente y realista, que en su sequedad coloca al espectador dentro del relato. El tono rudimentario, austero y para nada ampuloso toma elementos genéricos del western para desarrollar una tragedia familiar cuyo ápice dramático colocará a sus personajes fuera de la ley, inmersos en un territorio hostil y primal.

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