Se pudrió la momia

No hay fórmulas ni manuales. Si lo que hace una banda conmueve a alguien, va a funcionar.


Sakayastá celebró su segundo año de vida ante 300 personas en El Teatro Bar, una sala para 450 espectadores que a priori le quedaría grande a cualquier banda de tan poca trayectoria. Pero no fue este el caso. El público y el arte llenaron el café concert de calle 43 y comprobaron que no hay estrategia de publicidad tan eficaz como hacer canciones con honestidad que toquen fibras sensibles.

5 pasacalles, entrevistas en una docena de radios y algo de contenido en redes sociales. Ese fue todo el aparato de difusión de Sakayastá para el show más importante de su carrera hasta ahora. A esto, sin embargo, hay que sumarle el compromiso de estos jóvenes músicos de vender entradas anticipadas en persona acercándose al punto indicado por el comprador.

“Es la primera vez que apostamos a algo tan grande. Hay que animarse y siempre apostar un poco más por lo que uno está haciendo”, había asegurado días antes del recital Lautaro Castro, el vocalista principal de la banda, en Radio Única. Un frontman que, arriba del escenario, se divirtió tanto como el Mono de Kapanga y sintió la música como el Pity Fernández de Las Pastillas del Abuelo.

La noche arrancó con los Patasú, un trío de Berisso que fluctúa entre el funk, el blues y el rock setentoso con potencia y virtuosismo, pero sin derroche. La banda sabe de ritmos, de explosiones y de silencios. En verdad, los encargados de abrir la velada parecían apropiados para cerrarla. El público respondió, los músicos regalaron discos desde arriba del escenario e hicieron una poderosa versión de No se va a llamar mi amor cambiando el “estás prohibida” del estribillo por un más actual “no seas provida”.

Pasadas las 22:00 se cerraron los telones rojos y volvió a escucharse Hit the Road Jack! en una versión lounge. Desde los palcos altos comenzó a caer un trapo negro que en letras blancas decía “Sakayasta”. En las mesas de planta baja se mezclaban familias y amistades de ambas bandas. Salían algunas pizzas y porrones de cerveza. En el espacio que separaba al escenario de las primeras mesas, la juventud seguidora de los Skayastá aguardaba sentada. A un costado de este grupo, un lienzo virgen esperaba a que la artista plástica comenzara a intervenirlo dejándose llevar por la música en vivo.

Cuando arrancó el show, el primer impacto visual fue premonitorio de lo que se iría escuchando con el correr de los minutos. No hay vestuario uniforme y la bermudas de jean del Chaucha (guitarrista del grupo) provocaron sensación en el público. Camisa negra lisa y corbata para el trío batero-bajista-percusionista. Remera y sombrero de ala corta para el saxofonista. Una camisa violeta y jean vistieron al saxofonista. El único de remera, y todo de negro, era el cantante.

Se avecinaban dos horas en las que los géneros no iban a significar demasiado. El Reggae, el Ska, la Cumbia, el Rock, el Funk y hasta el Vals se sucedieron unos a otros incluso dentro una misma canción. Si el público hubiese vencido la timidez desde un principio, hubiesen pasado del pogo, al baile, a la escucha contemplativa sin escalas. Quizás el hilo conductor haya corrido por cuenta de la lírica, la cadencia del vocalista y la confianza con la que la banda ejecutó cada uno de los estilos.

—¡Dale, levántense, loco! —Arengó el Chaucha a quienes ya lo habían aplaudido, coreado y celebrado en cada tema pero desde el piso o las sillas. Estaba por sonar Que se pudra.

Y la momia se pudrió: manos arriba, el grito colectivo completó el coro de la canción, apareció alguna bocanada de humo rápidamente apagada por la seguridad del lugar, el micrófono apuntó hacia la gente qu gritó que-se-puuu-dra.

Pensar que la banda estaba celebrando, apenas, dos años.

Miles y miles de bandas de rock

que buscan ganar dinero,

sólo algunos persiguen la claridad,

a otros todo les chupa un huevo.

 Así dice Chino, una canción de La Mancha de Rolando. Sakayastá entró, sin dudas, entre quienes persiguen la claridad. Apostaron, sin demasiado titubeo, a alquilar un teatro con un costo de 5 dígitos, entradas anticipadas a un precio razonable, por poco no llenaron la sala y más allá de algunos acoples puntuales el cumpleaños fue un éxito. Todo indicaría, entonces, que de aquí al próximo aniversario, el grupo a seguir apostando a más. Quién sabe cuánto más.

 

Por Juan Bellesi.

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