Michael Jordan, The Last Dance y la posibilidad de contener el aliento unos segundos

Augusto Ricardo, del Taller de Cine y Filosofía, piensa en este ícono del deporte, la música pop y los superhéroes en Tarde Neurótica.


Vi la serie de Michael Jordan y los Bulls: The Last Dance. Diez capítulos de cincuenta minutos. Ocho horas y media.

Luego de días de haberla terminado, en lugar de ir borrándose, como se supone que ocurre con estos productos de Netflix, para poder pasar rápidamente a otro más, para no detenerse nunca, para evitar justamente la memoria y que todo sea novedad, The Last Dance sigue dando vueltas por mi cabeza, por mi casa, de distintas maneras. Escuché muchas veces el tema “Jordan”, la maravillosa canción de Eté & Los Problems. Escuché mil veces el tema Sirius de Alan Parsons. Agarro cada pelotita que tengo y la tiro contra la pared y demás.

Me acordé mucho de cuando era más chico, de los amigos y compañeros de básquet, de esos pósters de Jordan a punto de hacer una volcada, colgado del aire, detenido en su éxtasis. Jordan y el aire, Jordan y el vuelo siempre fueron un poco de la mano. Los pósters y revistas tienen algo parecido a los tatuajes, ¿no? Ganar seis anillos de la NBA, dos oros olímpicos y un montón de premios individuales está bien. Ser además un póster barato es la gloria misma.

The Last Dance resiste por un motivo más obvio: como serie está bien, tampoco es que se diferencia mucho del resto, su formato es más bien como en un especial televisivo de ESPN, pero la serie resiste porque Jordan es uno de los nombres de la grandeza. Por lo menos, de la grandeza de mi infancia.

Es como dice Nick Hornby en 31 canciones sobre “Your Love Is the Place Where I Come From” de Teenage Fanclub: no es el recuerdo al que la canción está asociada lo que importa sino la canción misma, que tiene la capacidad de continuar con nosotros más allá de las circunstancias concretas en las que la escuchamos. En sus palabras: “Si te gusta una canción, te gusta lo suficiente como para que te acompañe a lo largo de diversas etapas de tu vida, así que el uso va borrando todos los recuerdos demasiado específicos”.

Es cierto: con el deporte no pasa así. Los recuerdos están asociados a coordenadas espacio temporales específicas: tal partido de tal mundial en tal fecha. Pero los deportistas verdaderamente grandes no sólo cambian la historia de su deporte, ganan premios sino que se vuelven íconos, se vuelven adjetivos, trascienden las barreras del deporte.

Un ícono es una imagen que circula por todos lados, abstraída de las coordenadas espacio temporales que le dieron origen. Vemos un gorrito, un bigote y un bastón y pensamos en Chaplin o en el cine mismo (aunque nunca hayamos visto una peli de Chaplin, porque esa imagen circula por ahí, por todos lados, aunque no podamos precisarla, aunque no sepamos quién es Chaplin, reconocemos que no es la primera vez que lo vemos, y hasta nos suena de algo del cine: eso es un ícono). La coca cola es un ícono. El 23 con un toro y todo rojo es un ícono: podés no haber visto nunca un partido de básquet, ni saber quién es Jordan o los Bulls o la NBA, pero esa imagen de algún lado la tenés.

Son como canciones pop siempre contemporáneas, a las que se vuelve una y otra vez en distintas etapas. El gol de Diego a los ingleses sigue sucediendo. La palomita de Ginóbili contra Serbia en los juegos olímpicos de Atenas 2004 sigue sucediendo. Cuando Bonavena lo tiró dos veces a Alí, eso sigue sucediendo. Y algo así ocurre con Jordan.

Vamos a decirlo de otra manera. La serie me emocionó. Pero no me emocionaban los recuerdos que despertó la serie (el póster, la peli Space Jam, los amigos, el club). Me emocionaba algo que sólo puedo describir como una fuerza, como un huracán que sopla, a pesar de todas las explicaciones que da el documental sobre Jordan. Explicaciones psicológicas, dramas familiares, algunos vicios como el juego. La serie intenta explicar a Jordan a través de su biografía y de las biografías de los que lo rodean. Pero hay como una fuerza que sobrepasa todo eso, que sobrepasa toda explicación. Una fuerza que es Michael Jordan.

Michael Jordan vuela como podemos decir que vuela el viento, no hay lenguaje que pueda expresar con palabras o imágenes cómo vuela. Sólo podemos ser testigos de la gracia.

Y es como un viento que persiste cuando la serie termina y te ponés a pensar en el retrato de Jordan que se traza todo el tiempo en cada capítulo (es siempre el mismo): un genio, medio tirano a veces, que obliga al resto a obedecerlo pero porque sabe perfectamente a dónde quiere ir. Jordan jode a sus compañeros, los bardea, les exige que cumplan su papel de rol en el máximo nivel posible y los lleva a ganar seis campeonatos. Tiene un nivel de exigencia atroz, primero con él mismo y después con los demás. Tiene una gran conciencia de que es un ícono, de que es un producto y lo aprovechó mejor que nadie. Pero siempre mostrando que lo que era, lo era por lo que era en la cancha.

El retrato de Jordan es un conjunto de lugares comunes: sacrificio, esfuerzo, concentración, un espíritu competitivo, heroísmo, deseos de ganar, valentía para enfrentar las duelos, carácter para mandar, etcétera. Pero en la cancha es un tipo con una visión de mundo que no tiene explicación. Es un guerrero samurái, es un artista pop.

El gran momento de The Last Dance es para mí un comentario que Jordan dice casi al pasar. En 1998, en el cuarto partido de la final del Este contra los Indiana Pacers de Reggie Miller, Chicago pierde por dos a falta de un segundo, Jordan lanza un triple y la pelota entra y sale del aro. Consultado por esa jugada, Jordan comenta: “Por un segundo y una décima todos contuvieron el aliento. Eso es algo hermoso”. De segundos como ese, de los que no se puede hacer historia, ni escribir poesía, ni ensayar una anatomía del instante que no aspire al ridículo, está hecho el arte de Michael Jordan.

Una generación entera soñó que volaba con el Superman de Christopher Reeve. A nosotros, Jordan no sólo nos hizo soñar con volar, sino que nos enseñó a contener el aliento un segundo antes de aterrizar.

Escucha la columna completa acá:

Previous ¿Por qué, para qué y con quién psicoanalizarse?
Next La vuelta al rodaje