La precarización no es amor, es desigualdad

Hablar de feminización de la pobreza es enfocarse en una situación que viven muchas mujeres en el país. Es consecuencia directa de los roles establecidos por el patriarcado y la existencia de un mercado vertical y asimétrico.

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El reparto desigual de las tareas del hogar, la participación y los cargos en el empleo, la brecha salarial y el acceso a puestos jerárquicos son algunos de los factores que evidencian la desigualdad de género en el mundo laboral. El sistema patriarcal deja a las mujeres por debajo de los hombres y las relega a un espacio de poca accesibilidad a los trabajos formales.

Judith Butler, filósofa estadounidense, en una charla que organizó la Universidad Nacional de Tres de Febrero sostuvo: “vivir, trabajar, tener obra social, estar en el sistema de salud, todo eso se han convertido en incertidumbres en la actualidad. Y esto, esta precariedad, afecta a las mujeres de una forma muy desproporcionada: las afecta en el ámbito laboral”.

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“Eso que llaman amor es trabajo no pago”, dicen. Dicen en la calle y en los pasillos de las facultades. Dicen en los carteles y en las paredes. Dicen en el centro y en los barrios. Dicen en las marchas y lo dicen gritando. Pero, ¿A qué se refieren? 

Silvia Federici es la autora de esta frase, una teórica y militante feminista italiana, que plantea que en la familia “dicen que por amor se limpia y se cocina, que todo se hace por amor. Confunden amor con un servicio personal. El amor es un sistema que obligaba a muchas mujeres que no tenían posibilidades de sobrevivencia y el matrimonio era como tomar un empleo”.

A su vez, sostiene que los hombres creen que el trabajo doméstico pertenece a la naturaleza de la mujer, pero “las mujeres no deciden espontáneamente ser amas de casa sino que hay un entrenamiento diario que las prepara para este rol, convenciéndolas que tener hijos y un esposo es a lo mejor que pueden aspirar”. Entonces, ¿Es casualidad que a las niñas les regalen muñecas, bebés, la cocinita, la escoba y el juego de té?

Según el Régimen especial de contrato de trabajo para el personal de casas particulares, aprobado por Ley 26.844 en 2013, un trabajador o trabajadora doméstica es aquella persona que, por una remuneración económica, realiza las tareas de limpieza, mantenimiento u otras actividades del hogar y, también, incluye la asistencia y acompañamiento de personas.

Las tareas del hogar están asociadas a ser “cosas de mujeres”. En Argentina, el 22% de las trabajadoras asalariadas se desempeñan en el servicio doméstico y el 98% de las personas empleadas en este rubro son mujeres.

Economía vertical: números sobre el trabajo y la mujer en el país

Según los datos 2018-2019 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en nuestro país, la participación en el trabajo doméstico no remunerado es del 89% en las mujeres y del 58% en los hombres. Mientras que 9 de cada 10 mujeres realizan alguna de estas tareas, 4 de cada 10 varones no hace ninguna de ellas. Esto afecta a la participación laboral formal donde del total de personas en el país que tienen edad de trabajar, 7 de cada 10 varones participan, pero sólo 5 de cada 10 mujeres lo hacen.

Ilustración por Josefina Jolly

El 5,6% de las niñas de 5 a 15 años en el país dedican 10 horas o más a tareas domésticas y esta situación, según especialistas de la OIT, ayuda a determinar su trayectoria laboral, porque las tareas del cuidado les restan tiempo para escolarizarse y las priva de formación en otras actividades.

Para las mujeres es más difícil conseguir empleo. Las cifras contrastan un 44% de mujeres ocupadas contra un 64% de varones. La tasa de desocupación, a su vez, es del 10,5% en ellas y del 7,8% en ellos. De obtener el empleo, es más probable que sea de manera informal, es decir, un 37% de ellas accede a un empleo no registrado y, si logra acceder al sector privado, las mujeres tienen solo un 36% de probabilidades de obtener puestos jerárquicos.

Este desnivel también se puede observar en los estereotipos de ocupación que existen, es decir, las actividades laborales que son más comunes en ambos géneros: mientras que las mujeres tienen mayor presencia en ocupaciones como comercio, salud, trabajo doméstico, educación y administración pública; los hombres se desarrollan más en las áreas de comercio, industria, construcción, transporte y comunicación, y actividades empresariales, inmobiliarias y de alquiler.

Ilustración por Josefina Jolly

Es esto mismo lo que acentúa la brecha salarial y pone un límite al crecimiento profesional. Al respecto, Economía Femini(s)ta, una organización que produce, analiza y difunde datos, estadísticas y contenidos académicos de género, retoma datos de la Encuesta Permanente de Hogares del Indec y sostiene que “la brecha salarial por género es de 27,5%. Es decir, tenemos que trabajar 1 año y 3 meses para obtener lo mismo que ellos en solo 1 año”. 

Como asegura Florencia Tundis, economista, guionista y redactora, “ellas tienen una doble jornada laboral y menos tiempo para descansar o usar en seguir capacitándose”. Según una encuesta sobre el uso del tiempo que realizó el Indec, ellas dedican 6,4 horas diarias en promedio a las actividades domésticas, y los hombres 3,4 horas, lo cual acentúa la desigualdad. 

Es así como en Argentina, las mujeres tienen menos posibilidades laborales que los hombres y, de tenerlas, la diferencia entre ambos tiene muchas aristas asimétricas y verticales que generan una profundización y feminización de la pobreza. De este modo, se puede ver la doble precarización: por un lado, por lo laboral, donde las condiciones no son buenas, tienen dificultad de acceder a los empleos y mayormente viven en la informalidad; y por otro, por ser mujer.

 

Por Camila Costa.

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