La historia oficial y Silvia Prieto: dos películas para pensar la historia y la identidad

El Taller de Cine y Filosofía de esta semana se plantó en dos films argentinas para pensar el pasado, la memoria y los recuerdos.


El realizador audiovisual, Augusto Ricardo, volvió a ver La historia oficial (está en Netflix restaurada). Después de hacerlo se fue a dormir conmocionado y al otro día se anunció el fallecimiento de la gran Rosario Bléfari así que volvió a ver Silvia Prieto, una de los films que protagonizó ¿Hay algo en común entre estas dos películas?

Para pensar La historia oficial, tenemos que comentar algo sobre el contexto. Se venía de una censura muy fuerte en la dictadura. La primera medida importante del gobierno radical, fue la elaboración de una ley para abolir la censura. En enero del 84, el historiador y crítico cinematográfico Jorge Miguel Couselo asume la intervención del Ente de Calificación Cinematográfica (reemplaza a Miguel Paulino Tato, el señor tijeras) y libera muchísimas películas prohibidas.

Un mes después, se deroga la Ley 18.019, más conocida como la “ley de censura”, y lo reemplaza con el sistema de calificación en relación a la edad de los espectadores y la protección al menor (más o menos lo que sigue hoy). Los cineastas Manuel Antin y Ricardo Wulicher tomaron la dirección y en la vice-dirección del Instituto Nacional de Cinematografía. Comenzaba una nueva época para el cine argentino. Aquella que algunos han bautizado como la del “cine en democracia” y que logró en sus inicios una merecida repercusión entre el público

La abolición de la censura fue un trámite indispensable. Había cuatro temas prohibidos durante la dictadura: la política, el sexo, las drogas y la violencia. Sin ningún interés por adentrarse en la temática política, los empresarios que habían convivido alegremente con la dictadura, privilegiaron el sexo -desnudos abundantes, orgías, incestos, homosexualidad, etc.- combinado con las drogas y la violencia, y también con el humor, que tuvo mucho éxito en la televisión de la “democracia”. El soft-porno. La posibilidad de decirlo y mostrarlo todo se expresó rápidamente e mayores dosis de sexo y violencia, con comedias picarescas y policiales extremos y sádicos (Sucedió una noche, Correccional de mujeres de Emilio Vieyra). Hasta ese entonces las películas más taquilleras de la época habían sido de corte estrictamente comercial: Qué linda es mi familia, de Palito Ortega.

Pero en 1984, aparece Camila, de Maria Luisa Bemberg, una peli comercial pero con cierta búsqueda de calidad. La historia de dos amantes que mueren fusilados por el gobierno, porque eligen el amor, no es ingenua.

Después hay otra película importante: La noche de los lápices (1986) de Héctor Olivera, que reconstruye el secuestro, tortura y asesinato de estudiantes secundarios en La Plata, en 1976. La película plantea con un registro muy directo y realista. Podemos decir que apelaba más a la sensibilidad del espectador que a su capacidad de análisis para comprender la dimensión real de los sucesos tratados.

Esto no disminuye para nada el valor de la película. Apelar a la memoria en una sociedad donde muchos de sus integrantes, por acción o por omisión, habían sido cómplices de los crímenes cometidos, es muy significativo. Y abre un poco el asunto a hablar de manera directa sobre algunos temas. Porque su impacto sobre el público facilita a La historia oficial. La primer película de Luis Puenzo. La guionista es Aída Bortnik. Una manera de acceder de pronto al “conocimiento” de lo sucedido y también, a una serena redención.

Lo primero que quiero decir es lo siguiente: hay que ver La historia oficial (1985). No importa si ya la vieron. Háganlo otra vez. Con una advertencia: ver La historia oficial es muy doloroso. Te genera una angustia de la cual es imposible distraerse. Quizá no es lo mejor para ver en cuarentena, pero creo que la visión de La historia oficial es indispensable hoy, cuando estamos encerrados en casa y desconfiamos de la palabra prójimo porque próximo equivale a peligro.

La película transcurre en el 83 y cuenta la historia de Alicia (Norma Aleandro) que sospecha que su hija adoptiva proviene de una familia de desaparecidos. Es la historia de una mujer de clase media que descubre y asume que ha vivido equivocada, es decir que ha tolerado un sistema construido en base a mentiras, por propia conveniencia, y lo ha hecho toda su vida. Lo interesante es que es profesora de historia en un secundario. Y hay algo ahí fundamental: ella arranca las clases diciendo muy sinceramente que “ningún pueblo podría sobrevivir sin memoria”. Casada con el empresario Roberto Ibáñez (Héctor Alterio), intentaron varios tratamientos de fertilidad sin éxito y, finalmente, ella se queda con una beba que Roberto trajo una noche, alegando que su madre natural la había rechazado.

“El día que cumplí veintisiete años decidí que mi vida iba a cambiar”

En Silvia Prieto siempre me interesó que, más allá de la trama, hay un comentario sobre esa época del menemismo. Los personajes ya tienen trabajos precarios, pero al mismo tiempo hay un auge de los objetos de consumo y es como si todavía no supieran relacionarse del todo con ellos. Es como esa Argentina a medio camino entre la fantasía de paraíso neoliberal y el país subdesarrollado que no dejaba de ser.

“Me hinchan mucho con eso de ¿Qué quise decir? ¿Cuál es el sentido? ¿Por qué todos estos personajes tienen una vida que no tiene sentido? Como si la vida de nosotros tuviera más sentido que la de ellos. Me parece que el público en realidad está tan agarrado de las películas de fórmula, en las que el personaje aprende la superación o algo de su vida, que están idiotizados y no se dan cuenta de que nosotros mismos vivimos esa vida”.

¿Cómo se construye la identidad? ¿A partir de cuándo comenzamos a construirla? ¿Cuál sería el punto de partida que desata lo que nos diferencia del otro? Silvia Prieto cumple 27 años y decide cambiar de vida. Con este propósito comienza a trabajar en un bar, deja de fumar marihuana, hace un viaje a Mar del Plata y se compra un canario. Sus actos son tan obsesivos como automáticos, corta el pollo en 12 partes iguales, roba un saco Armani, lleva la cuenta de la cantidad de café que sirve y renuncia a su empleo cuando ya no puede llevar el control del cálculo. Por casualidad da cuenta de la existencia de otra Silvia Prieto a quien llama telefónicamente una y otra vez hasta dar con ella. No hay en sus actos una razón que permitan adivinar el transcurso de la trama.

La característica que devela un estilo diferente de puesta en este film, deviene principalmente de la dirección de los actores. Los personajes se asemejan en un tono monocorde de voz desprovisto de matices y de emoción. Sin embargo, el lenguaje cumple un papel preponderante dado que casi por momentos prima sobre la imagen tomando protagonismo a la hora de construir el relato. Esto denuncia una estética distinta que desorienta la mirada y la atención del espectador acostumbrado a un cine argentino de estética realista, como es el caso de Campanella por ejemplo, donde la expresión de la emoción genera un vínculo con el espectador que espera identificarse con la causa para que se genere la esperada catarsis aristotélica.

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