La cuarentena, la repetición y el desafío de lograr sentirse como si fuera la primera vez

Augusto Ricardo, tallerista de cine y filosofía, reflexiona en torno a esta cuarentena basado en La Repetición de Søren Kierkegaard.


Primer tema: la dificultad de Kierkegaard. Tiene fama de ser un autor muy difícil. Pero ¿por qué razón puede ser difícil? Si se compara con otros filósofos, por ejemplo la Fenomenología del espíritu de Hegel o Ser y tiempo de Heidegger, que son tremendamente difíciles, se comparar con el nivel de dificultad de otros filósofos, me parece que son mucho más difíciles que Kierkegaard. Kant, Hegel, Heidegger, por ejemplo, exigen un manejo de una terminología específicamente filosófica, que no cualquiera conoce, y que por eso te traba continuamente la lectura. Son además muy abstractos, desde el estilo al tema que tratan. Realmente te podes pasar páginas enteras sin saber qué o sobre qué estás leyendo.

Y Kierkegaard no es así. Para nada. No usa una terminología ni palabras complicadas. Entonces ¿cuál es la dificultad de Kierkegaard? Porque si todos dicen que es difícil no vamos a decir no lo es. No vamos a decir que es fácil. Evidentemente no lo es. Pero tenemos que encontrar dónde está la dificultad, en qué consiste la dificultad. Y no consiste en que use palabras complicadas o que no se entienda. Sino, en que él se sale de ese esquema de la escritura filosófica. Pero se sale completamente. Y ahí está la dificultad. Ejemplo: si vas a leer La repetición pensando que es un libro de filosofía, lo primero que te descoloca es que es una novela. La repetición es literalmente una novela. Podríamos decir que es una novela romántica: porque es una historia de amor la que se cuenta.

Y además, está escrito por un personaje. O sea, no la firma el propio Kierkegaard, sino que es un seudónimo que se llama Constantin Constantius. Ahí Kierkegaard está haciendo una especie de broma con el tema de la repetición y la constancia: la repetición del nombre y el apellido que remiten los dos a la constancia, a lo constante. Constantin Constantius es el autor de La repetición. Y esto que a nosotros nos puede parecer apenas una broma, en la época de Kierkegaard era algo más que una broma porque la gente de Copenhague no sabía que Constantin Constantius era el mismo Kierkegaard, o sea, pensaban que eran autores distintos.

Y es un dato que no es menor para la lectura de Kierkegaard. Muchas personas lo dejan como en un lugar menor a esta cuestión de los seudónimos. Incluso muchos estudiosos desdeñan esta cuestión de los seudónimos como si fuera algo accesorio. A mí me parece que es fundamental. Porque él crea estos seudónimos no como simples máscaras de sí mismo y de un solo pensamiento que sería el suyo, si no que son voces disonantes. O sea lo que vos lees en La repetición y lo que lees en Temor y temblor (que está firmado por otro seudónimo que es Johannes de Silentio) o en El concepto de la angustia (que es de otro pseudónimo que se llama Vigilius Haufniensis) o a veces en un libro firmado por el propio Kierkegaard (como pueden, ser por ejemplo, Las obras del amor) son cosas muy distintas. Tenés esos cuatro autores distintos y no te vas a encontrar la misma idea en los distintos autores. Incluso distintos estilos. Incluso se contradicen.

Y si lees La repetición te encontrás con una especie de relato amoroso que está contado por uno de los personajes. Pero no por uno de los dos personajes que vive esa historia de amor sino por el confidente del joven enamorado. El confidente es Constantin Constantius, que es un hombre mayor, y el joven le cuenta sus penas de amor. Y lo interesante son las penas. Porque él está muy enamorado de una chica pero no es que está apenado porque la chica no le da bola o porque su amor es imposible, sino que la chica le da bola, o sea que el amor es correspondido y de hecho todo va bien. Y no sólo bien, va fenomenal. La pareja está en su momento de mayor plenitud y de mayor felicidad. Pero justamente, lo curioso, es que este joven enamorado de pronto se ve asaltado por la melancolía. ¿Por qué?

Es muy interesante. Está enamorado de la chica, la chica lo corresponde, son máximamente felices, pero él, cada vez que la ve, piensa que ese amor se va a ir arruinando a medida que pasen los días. Tiene la idea de que están en su mejor momento pero que el amor se gasta. Y siempre está el riesgo de que cuando la vea mañana la ame un poco menos que hoy. O que ella se aburra o que él se aburra de ella, etc. Tiene ese esa idea romántica de que el amor es un clímax que dura un instante y después decae. Entonces le pasan cosas como que quiere ir a ver a la chica y va hasta su casa y llega a la casa, va a golpear la puerta y se detiene, pensando que si abre la puerta, a partir de ese momento se va a empezar a aburrir de ella, como que ya no la va amar tanto como la amaba hasta ese momento.

El confidente le va aconsejando distintas cosas. Por ejemplo, le dice “vos, en realidad, tenés que librarte de ella. Ella te causa pesar y tenés que librarte. Pero tenés que hacer que sea ella la te abandone. Entonces mostrate con otra para que ella se entere que sos infiel y entonces ella te va a odiar y de esa manera te vas a poder librar de ella.” No le aconseja que rompa a él porque eso sería,para la sociedad en ese momento, es decir el siglo 19 en Dinamarca, una deshonra para la mujer. Que el novio rompió el compromiso era como una deshonra, era como si el sospechara de que ella le había sido infiel- Entonces era una deshonra tremenda si el novio es el que rompe el compromiso. Entonces vos hacé que ella rompa. Incluso le había conseguido una chica que iba a ser de cuenta que era la que salía con él, la amante que salía con él, etc.

Entonces ¿qué es la repetición? Y la repetición es el problema que se plantea el joven enamorado. La repetición sería cómo logras vos experimentar el amor como si fuese el primer día siempre. Porque el primer día del amor siempre es el mejor día, y el segundo día es un poco menos bueno que el primero y así. Entonces cómo haces para que el amor esté siempre, sea siempre, como en el primer día. Esa es la pregunta de la repetición.

Y este personaje-autor que Constantin Constantius se siente muy identificado con toda la historia. Pero no porque él haya vivido una situación amorosa así, sino porque él es un tipo que le gusta mucho el teatro. Entonces cuanta que una vez fue a Berlín a ver una obra. Es un danés que va a Berlín. Y fue a ver una ópera a Berlín una vez y le pareció maravillosa. Entonces siempre tiene el recuerdo de esa opera, de lo bien que la pasó, etc. Y se entera que la obra se vuelve a presentar y decide volver a ir. Y toma la precaución de volver a comprar el mismo palco, el mismo asiento, para verla desde el mismo lugar y se aloja en el mismo hotel, en la misma habitación para tener la misma ventana que con la misma vista, etc. Es decir quiere volver a esa situación de la primera vez que fue a ver esa opera que le gustó tanto. Pero la segunda vez ya no le gusta tanto como la primera. Nada está mal, todo está muy bien, pero no tiene el deslumbramiento que había tenido en la primera.

Entonces él, por todo eso, comprende la angustia que sufre el joven enamorado. Comprende el problema de la repetición: cómo se logra una repetición que pueda recuperar el impulso de la primera vez

Una de las cosas más interesantes y más desconcertantes de este libro, y que para mí marca un rasgo de la genialidad de Kierkegaard, es que este narrador parece que no entiende bien lo que pasa. Parece al narrador hay algo que se le escapa. O sea no es un narrador omnisciente que puede comprender exactamente todo lo que le pasa al joven enamorado. O sea que uno como lector sólo accede a la cosa a través de una mirada parcial. Y eso te obliga a generar una distancia respecto de lo que el narrador te está contando: empezás a desconfiar del narrador, porque como no es una posición omnisciente, no tenemos seguridad, no tenemos la certeza de que estamos entendiendo o de que vamos a entender. Esto es una gran innovación en el campo filosófico. En general, el narrador de la filosofía es un narrador que sabe de qué está hablando. Y esa es la gran diferencia de Kierkegaard con el resto de los filósofos. Por eso se sale del esquema de la escritura filosófica. Por primera vez, se instala un principio de sospecha hacia el narrador de la filosofía. Y, justamente, te hace pensar a la filosofía misma como una narración.

Por un lado, hay algo que uno notas en el personaje del narrador que no comprende bien las motivaciones del joven enamorado al que él supuestamente tiene que aclararle la cabezo. Y por otro lado, se entiende un poco mejor cuando lees varios libros de distintos seudónimos de Kierkegaard y ahí notás que es un procedimiento habitual. De hecho, en un libro que saca más o menos para la misma época, que es El concepto de angustia ( bajo otro pseudónimo: Vigilius Haufniensis), hay una nota al pie que dice:

“A propósito de esta categoría de repetición se puede consultar la repetición, de Constantino Constantius, Copenhague, 1843.”

O sea, un seudónimo cita al otro. Y dice:

“Este último libro, desde luego, es una obra estrafalaria, y lo curioso es que así lo quiso el autor intencionadamente. Sin embargo, en cuanto yo sepa, él ha sido el primero que con energía se ha fijado en la repetición y nos la ha puesto delante de los ojos con la carga peculiar de su concepto. (…) Pero C. Constantius vuelve a ocultar en seguida lo que ha descubierto, camuflando el concepto con el ropaje bromístico de la correspondiente descripción. Es difícil decir por qué ha hecho semejante cosa, o más bien es difícil de comprenderlo.”

Es una genialidad. Es el propio Kierkegaard, que crea a un autor que dice que el autor de la repetición (un autor creado por el propio Kierkegaard) descubrió algo pero después como que entendió bien lo que descubrió y que por eso resulta difícil de comprender. Ese es el procedimiento kierkegaardiano con los seudónimos: generar una tensión entre dos posiciones de pensamiento. Y, así, en realidad lo pone a uno como lector en un lugar donde hay que dudar de los dos (El dudar de todas las cosas). Entonces empezás a dudar de algo que cuando uno lee filosofía no duda. Cuando por lo general se lee filosofía, esa filosofía académica o teórica, parece que el teórico tiene claro de lo que habla. O por lo menos está claro para sí mismo. Siempre parece que está hablando de algo que él tiene claro. Y Kierkegaard te introduce una distancia: te parece que el autor no entiende todo lo que dice. Esto importantísimo.

Volvamos a La repetición. Al problema del joven enamorado que quiere amar siempre como la primera vez. Y Constantin Constantius, que ya dijimos que no entiende mucho, cuenta así el problema del joven enamorado:

“Nuestro joven, pues, estaba profunda e íntimamente enamorado. De esto no podía caber la menor duda. Y, sin embargo, ya en los primeros días de su enamora­miento se encontraba predispuesto no a vivir su amor, sino solamente a recordarlo. Lo que quiere decir que, en el fondo, había agotado ya todas las posibilidades y daba por liquidada la relación con su novia. En el mismo momento de empezar ha dado un salto tan tremendo que se ha dejado atrás toda la vida”.

O sea, en el momento de empezar, en el momento en el que está gozando su amor, él lo vive como si fuera una cosa pasada. Como si él se figurara que ya terminó y que lo que está viviendo es un recuerdo y eso es lo que provoca la melancolía en el joven. Y ahí aparece una cuestión que para mí es como el centro, el meollo del asunto, que es el tema de la muerte.

Y es raro el tema de la muerte acá. Porque cuando uno está enamorado y el amor es correspondido y todo viene bien parecería que no hay lugar para pensar en algo triste. Pero este joven está tan pleno de felicidad que piensa en la muerte, piensa que lo que tiene se le va a perder, inevitablemente. Por eso es melancólico: hay que tener un carácter bastante especial para pensar de esa manera, para arruinarse una experiencia tan plena como puede ser el amor y pensar que ese amor que se está viviendo ahora se va a perder, o que se va a aburrir, o que ella se va a aburrir, o que se van a pelear o que se van a separar, o que si no se aburren y se separan uno de los dos se va a morir y el otro se va a quedar solo, etc. Son pensamientos muy melancólicos.

En realidad lo que ocurre es que siempre es un poco así. Cualquier cosa, cualquier detalle puede provocar que tomemos contacto con la finitud de la existencia Y el amor también. Y muchas veces es el amor que nos recordar que hasta la cosa más linda que nos puede pasar está destinada a perderse y se va. Pero la frase sigue. Constantius dice algo más. Y creo que esto es lo que el otro (Vigilius) señala cuando dice que Constantius descubrió una cosa bárbara pero después se le olvidó y se le perdió y empieza a decir tonterías (la nota al pie del concepto la angustia):

Cada uno debe de hacer verdad en sí mismo el principio de que su vida ya es algo caducado desde el pri­mer momento en que empieza a vivirla, pero en este caso es necesario que tenga también la suficiente fuerza vital para matar esa muerte propia y convertirla en una vida auténtica. En el alborear de la pasión amorosa luchan en­tre sí el presente y el futuro con el fin de alcanzar una expresión eternizadora. Es una frase que tiene un montón de cosas. Tu vida es algo ya caduco desde el primer momento que empezása vivirla. Es una idea terrible. Desde el primer momento en que empezás a vivir, tu vida ya es algo caduco. Esto se vincula directamente con algo que después va a retomar Heidegger en el siglo 20, que generalmente se lo traduce como “ser- para-la-muerte”. Por eso se lo pone a Kierkegaard como un existencialista, como un iniciador de esta forma de pensar.

¿Qué es esto de “ser para la muerte”? Heidegger lo dice así en “Ser y tiempo”: nuestra existencia humana es una existencia para la muerte. Vivimos en la inminencia de la muerte, es decir, la muerte para nosotros es inminente. Inminente no quiere decir que vayamos a morir esta noche o mañana, o sea pueden pasar muchos años o podemos mori efectivamente mañana, no importa eso. Es inminente porque es siempre posible. No importa qué hagamos, qué decidamos, siempre es posible morir. Yo puedo decidir A y por eso asegurarme que no me va a ocurrir algo B. Pero no importa qué elija, si A, B, C, D, Z, lo que sea, siempre, en algún momento, me voy a morir.

Y todos lo sabemos. El ser humano lo sabe. Y para Heidegger uno hace todo en función de ese saber. A veces uno puede olvidarse de la muerte en la vida cotidiana pero, en el fondo, se sabe. O sea que todas las posibilidades que uno puede vislumbrar para todos los proyectos y las cosas que se quieren hacer, una pareja, una empresa, un proyecto artístico, una película, si uno la sigue hasta el fondo a esa posibilidad, lo espera la muerte. La muerte está esperando en todos los caminos.

Y en realidad todo está muriendo. Si todo está destinado a morir, todo lo que nace ya está en realidad muriendo. Y ahí cobra mucha importancia lo que dice Constantis: “en ese caso es necesario que tenga también la suficiente fuerza vital para matar esa muerte propia”. Matar la muerte. Ese es el secreto de la repetición: matar la muerte. Es decir que vos, aun sabiendo que te vas a morir, mates esa muerte y entonces la conviertas en una vida auténtica. Eso es la repetición. Es una idea extraña de todas maneras, no es fácil de comprender cómo se puede hacer eso.

Pero es una figura que aparece mucho en la obra de Kierkegaard. Y la inspiración es, obviamente, religiosa, viene del cristianismo. Por ejemplo, cuando Abraham tiene que sacrificar a su hijo Isaac. Temor y temblor es un análisis de esa historia: ¿Por qué Abraham está tan dispuesto y tan seguro a la hora de sacrificar a su hijo Isaac? Lo más querido, lo más deseado por él. ¿Por qué está tan seguro sólo porque Dios se lo pidió y entonces es lo que corresponde?

Porque Abraham siente que lo más importante es matar la muerte. Abraham sabe que no va a matar a Isaac, sino que va a matar la muerte de Isaac. Pero para hacerlo tiene que empuñar el cuchillo para matar a de Isaac. Es decir, tiene que deshacerse de Isaac para poder recuperarlo. Esto, por supuesto, es un absurdo: cómo vas a matar a algo para recuperarlo. Si lo matas es para perderlo. Y por eso es un absurdo. No tiene nada que ver con una lógica asociada a, por ejemplo, el intercambio comercial, en que si vos matás algo lo perdés y si vos te aferras a algo lo ganas.

También hay unas palabras de Cristo que dice algo así: el que quiera salvar su vida la perderá y el que quiera perder su vida, por mí, la salvará. Y esto es un absurdo (lo dice el propio autor en Temor y temblor). Pero pasa que ese absurdo es la cosa más importante de la existencia humana. Sin eso, todo es desesperación. Si uno no asume que tiene que matar la muerte, se desespera, se vive desesperado. Y esa desesperación es también la repetición.

Oscar Cuervo, un profesor y filósofo argentino (escribió un gran libro sobre Kierkegaard: Escuchar una voz), analiza la palabra que usa Kierkegaard en danés. En danés existe un equivalente literal a lo que nosotros llamamos repetición. Pero Kierkegaard usa otra palabra: Gjientalgese. Que es una palabra que en danés es repetición pero también puede ser recuperación o reintegro.

Y es interesante esto de la palabra porque uno entiende repetición como la rutina de lo que uno haces todos los días. Todos los días ir al trabajo, todos los días volver a la casa y encontrarte con la misma persona y volver a repetir cada día lo mismo, etc. Pero no es esa la repetición en la que está pensando Kierkagaard. Es lo contrario. Esa repetición es la repetición del hastío. Puede que no, puede que uno lo haga muy feliz, pero en general, la rutina es el hastío, es decir, es una repetición de las cosas que uno hace por inercia o mecánicamente. Es la repetición de la desesperación.

Y en realidad, no es una repetición. Porque cada vez que lo volvés a hacer es una degradación respecto a la primera. No hay, en realidad, repetición. Sólo la primera vez fue verdadera y las otras no. Las otras fueron los mismos actos, las mismas acicones, etc. pero un poco peor. Como dice la canción de El príncipe: “la primera es la verdadera”. Las que vienen después no.

A Kierkegaard le interesa otra posibilidad de repetición. Una repetición auténtica, literal. Poder repetir verdaderamente esa primera vez. Y la repetición en la que está pensando Kierkegaard es una repetición que cada vez sea la verdadera.

Y Oscar Cuervo buscó el origen del término que usa Kierkegaard. Y encuentra que hay un término jurídico que tenían los romanos. Es en latín: restitutio in pristinum. Sería restitución en lo prístino. Es un resarcimiento del daño: cuando a vos te hacen un daño, te ocasionan un daño, por ejemplo comercial o moral, después te tienen que resarcir, es decir, lo que a vos te hicieron te lo tienen que reponer. Es el origen del concepto de la palabra repetición tal como la usa Kierkegaard. En un contexto jurídico es muy distinto porque yo te hago daño a tu moto y después tengo que pagar para que vos tengas una igual a esa.

Lo que pasa es que Kierkegard la pone en otro contexto y la hace desbordar de su significado. La convierte en otra cosa. Esto es importante porque hay que pensar el contexto histórico de Kierkegaard: el siglo 19. ¿Qué es el siglo 19 para la filosofía? El siglo 19 para filosofía es el siglo de la historia. La filosofía empieza a pensar la historia, el tiempo como historia, historia de la humanidad, historia universal. Hasta el siglo 18 el tiempo es el tiempo de la naturaleza, es el tiempo de los fenómenos naturales, el tiempo cíclico de la física, por ejemplo, la tierra que da vueltas alrededor del sol o el ciclo de las plantas o de la agricultura o de las estaciones: es el tiempo cíclico de la naturaleza.

Y para esto fue fundamental Hegel. En el siglo 19 Hegel incorpora a la filosofía el problema del tiempo, el problema de la historia y de la historia humana: ¿qué significado filosófico tiene la historia para el hombre. Tenemos un vínculo con el pasado y con el futuro y ese vínculo tiene sentido para nosotros. La historia tiene un sentido profundo. Lo que llamamos historia es la transformación del mundo. Hegel tiene una idea de la historia, que no es solamente el relato de los hechos que suceden, eso sería solamente una cosa exterior, o sea que yo te cuente que primero vino la revolución francesa, después vino el terror, después vino Napoleón, etc. Eso sería nada más que un relato. Hegel se pregunta por el sentido. El sentido es cuando vos racionalmente podés ligar los distintos hechos y encontrar una racionalidad en ellos, una razón de ser. ¿Y cuál es el sentido de la historia? Para Hegel, es el crecimiento de la Libertad, el Progreso de la humanidad: la humanidad progresa, avanza, conquista cada vez un grado mayor de Libertad. Aunque no la entendamos, hay racionalidad oculta en la historia por la cual siempre el espíritu cada vez conquista mayor libertad. Eso es Hegel, dicho muy sencillamente (es mucho más complejo).

Y Kierkegaard piensa contra Hegel. Kierkegaard es un pensador que protesta contra esa manera de pensar la historia. Porque esa manera de pensar que te dice que la verdad está oculta en la historia, que el verdadero sentido de las cosas está en la historia. “Esto lo vamos a entender en 50 años”. Es una manera de pensar que a uno, como persona individual, lo deja en un lugar muy insignificante. O sea si la historia universal es el verdadero sentido de la existencia, ¿qué hago yo? ¿Qué puedo hacer? Al lado de la gran historia universal, nuestras decisiones cotidianas parecen insignificantes y poca cosa. Pero algo tengo que hacer. Algo tengo que decidir. Porque yo tengo que tomar decisiones ahora. No puedo esperar a que la historia pase y se revele el sentido de todo para hacer algo. Tengo que hacer cosas ahora. ¿Y qué hago? Voy y compro dólares, qué se yo.

Y por eso, Kierkegaard alza contra esa idea de la historia, otra idea del tiempo, que es el tiempo del instante.

Que es una idea muy compleja porque, en realidad, es una definición de eternidad. La eternidad está en este instante que vos tenés que decidir. O sea, no tenés que esperar la historia de la humanidad para saber qué fue tu vida, el sentido de tu vida, sino que vos tenés que tomar una decisión en este instante. El sentido se construye instante a instante, decisión a decisión. ¿Y cómo decidir si no conozco el sentido de antemano?

Justamente, si no se conoce el sentido de antemano, no es posible llegar a una decisión a través de un razonamiento. No puedo concluir qué tengo hacer. No puedo llegar racionalmente a la respuesta. Por eso el absurdo es lo más importante. Porque toda decisión es un salto. No es un progreso, no es una cosa que vos vas como la humanidad, edificando su mayor libertad a través de un progreso cada vez mayor, escalón por escalón sino que es un salto, un salto al vacío. No podés saber de antemano. Entonces saltás y con cada salto te transformás. Pero ese salto, esa decisión, hay que tomarla ahora, en este instante.

Por eso, el tiempo propio del ser humano no es la historia, sino el instante en el que vos tenés que decidir qué haces.

¿Y qué haces? ¿Cómo repetir en este instante de tal manera que esa repetición sea creadora, sea nueva, y no la simple repetición mecánica y degradada de lo anterior? Por supuesto, Kierkegaard no responde a esa pregunta. Lo que hace es simplemente abrir este problema. Porque la verdad es que no hay algo así como una solución. Por eso los libros de Kierkegaard son tan desconcertantes y fascinantes. Porque si vos querés encontrar algo que te dé una solución, para ver si el amor perdura o si el amor está destinado a perderse o si tenés que no amar para no sufrir y volverse insensible, o quedarte con la chica o no, los libros de Kierkegaard no te dan eso.

Lo que te dan es una invitación a pensar el problema y a vivir el problema. A no caretearla. No vivir como si uno lo hubiese resuelto. Y esto es muy cristiano: Kierkegard te deja la espina en la carne y se retira y te deja solo. Kierkegaard gana si logra que vos, a partir de ahora, no puedas esquivar el problema. Si logra que vos no puedas volver a vivir de la misma manera. Porque ahora viste de frente al problema y, aunque no tengas la solución ni la respuesta, tenés que decidir, tenés que actuar y tenés que repetir. Kierkegaard, podemos decir, te invita a saltar adentro del problema.

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