El Cosquín Rock es un festival inabarcable

En un texto reflexivo, el enviado especial de Tarde Neurótica piensa en todo lo que pasó ese fin de semana y cómo contarlo


Por Juan Bellesi.

Iba a ir a cubrir un festival de música. El uso en la jerga periodística de la palabra “cubrir” me resulta irónico. Significa, creo, ir a determinado lugar donde está pasando algo. Observarlo, complejizarlo, entenderlo (o al menos intentar) para después contarlo. También puede usarse como sinónimo de “proteger”, pero los otros significados de la palabra tienen que ver con tapar, esconder, ocultar… ¿Qué hacemos, entonces? O más bien: ¿Qué deberíamos hacer?

Empecé por estudiar —un poco— el Cosquín Rock. El que me tocó asistir y los anteriores. Después leí y recordé —un poco más— a periodistas que considero brillantes y que ya han vivido y escrito sobre eventos como este. La tradición —pienso—, aquello que se hizo previamente y heredamos, puede ser esclarecedora. Cada tanto —sigo pensando— hay que desafiarla. Pero eso queda —o debería quedar— para personas eruditas y osadas.

A pesar de estas dudas tenía la certeza de que iba a ser una experiencia placentera. Porque disfruto de la música y muchos de los artistas que me conmueven con sus obras participarían del festival. Porque he soñado con trabajar en un acontecimiento como este. Porque iba con colegas. Y, sobre todo, porque la única manera de saber cómo cubrir el festival era cubriéndolo.

El paso siguiente era recolectar las herramientas que consideraba indispensables: computadora, grabador, cámara, libreta, lápiz. Todo con sus respectivos cargadores, cables y baterías. Algunas cosas tenía, pero otras no. Tuve que recurrir, entonces, a la gentileza de personas queridas. Es que un periodista, principiante y escaso de recursos, compensa las carencias con la ayuda de sus amistades.

En Córdoba, un día antes de que comenzara el festival, me di cuenta de que la tarea era imposible. Fuera cubrir para esconder o cubrir para mostrar. Ese fin de semana transitaron las calles de Santa María de Punilla alrededor de 110 mil personas y más de 100 artistas se subieron a uno de los 5 escenarios que había en el predio de 10 hectáreas armado en el aeródromo. En cada show, seguramente, iba a haber algo digno de ser contado. Arriba y abajo del escenario.

¿La pareja de jóvenes puntanos amantes de La Vela Puerca que trabajan todo el año sólo para ir a Cosquín Rock a ver su banda predilecta? ¿El matrimonio que se enamoró en este mismo lugar años atrás y que hoy viene con su hijo? ¿El colosal predio montado en medio de las sierras? ¿La hazaña ingenieril que hizo posible que el Hangar del Metal y La Casita del Blues no se contaminaran a pesar de estar separados solo por una pared?

¿Skay Beilinson tocando “Jijiji” con Richard Coleman, guitarrista y amigo de Gustavo Cerati, incorporado a su banda? Esto, si queremos, permitiría aventurar un análisis sobre cómo eso, sumado a que el Indio tiene en Los Fundamentalistas a dos músicos que tocaron con Cerati, podría significar que Los Redondos y Soda nunca fueron antagónicos. U otro que acerca, al menos artísticamente, a Beilinson y Solari por el pasado de los músicos que eligen para sus bandas.

¿El cantante de Ska-P subiendo al escenario con la remera de Santiago Maldonado y un pañuelo verde? ¿Las artistas mujeres pidiendo mayor participación en estos festivales? ¿El entusiasmo del público por el show de Don Osvaldo? ¿La fiesta electrónica que duró hasta las 7 de la mañana? ¿La convivencia armónica entre amantes de distintos géneros? ¿Los punillenses que hicieron negocios aprovechando el afluente de turistas? ¿La tarde veraniega a orillas del río? ¿La exportación del Cosquín Rock a Estados Unidos, Costa Rica y España?

Todo esto —y quién sabe cuántas cosas más— es digno de ser contado, al menos para mí. Algunas las conté. Sabiendo, sin embargo, que eran solo una mínima parte de la totalidad. Ni siquiera encontré (y eso que busqué) ese momento, esa imagen, ese objeto, que a la vez tenga y sea todo, cual Aleph borgeano. Esa síntesis del universo Cosquín Rock que me facilitase la tarea. O, por lo menos, la hiciera posible.

El fin de semana fue inabarcable. Con suerte, y exagerando, pude cubrir una quinta parte de todo lo que sucedió. Me pregunto si en realidad esto es solo un ejemplo del mundo, que es, sin dudas, inabarcable. Me pregunto también si todo desafío periodístico que se me cruce va a terminar siendo un intento fallido por contar algo que no puede ser contado en su totalidad.

Al final cubrir (periodísticamente hablando) sería, a la vez, contar y tapar aquello que sucede.

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